CAPÍTULO 18
LA IGLESIA VERDADERA ES UNA IGLESIA DE
MISIONEROS
Las afirmaciones de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días son de
naturaleza tal, que se precisa proclamar al mundo las cosas que el Señor mismo ha revelado
desde el cielo, así como por medio de profetas antiguos que han venido a esta tierra y entregado
las llaves de sus dispensaciones al profeta José Smith. De otra manera, ¿cómo puede el mundo
saber estas cosas? ¿Cómo puede Israel esparcido volver a los países de su herencia? ¿Cómo
puede predicarse el evangelio a todo el mundo por testimonio antes que venga el fin?
¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de
quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son tos pies
de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (Romanos 10:14-15.)
Es evidente que Pablo entendía que el Señor iba a enviar “predicadores” o misioneros para
enseñar a la gente del mundo las cosas que El quería que supieran. El Apóstol también sabía que
estos predicadores no podrían nombrarse a sí mismos, porque pregunta: “¿Y cómo predicarán si
no fueren enviados?”
La magnitud de esta responsabilidad se entenderá un poco mejor si nos referimos
nuevamente a la visión de San Juan el Teólogo concerniente al restablecimiento del evangelio en
estos postreros días:
Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como
de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán
después de estas.” (Apocalipsis 4:1.)
Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a
los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. (Apocalipsis 14:6.)
Cuando le fueron mostradas “las cosas que sucederán después de estas”, Juan vio que “el
evangelio eterno” (y no puede haber otro evangelio) sería traído a la tierra por un ángel que
volaría por en medio del cielo, y que sería predicado “a los moradores de la tierra, a toda nación,
tribu, lengua y pueblo”. De modo que ni se pasará por alto ni se omitirá a ninguno de los
habitantes de la tierra. ¡Qué responsabilidad y tarea tan tremenda! Sin embargo, cuando el Señor
tiene una obra que hacer, siempre provee los medios para realizarla. Así los dispuso en el
restablecimiento del evangelio en ésta, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos por
conducto del profeta José Smith.
La importante obra misional de esta Iglesia se lleva a cabo, en muchos casos, a costa de
grandes sacrificios. Los hombres han dejado a sus esposas e hijos en casa para pasar más de dos
años, como promedio, en el campo de la misión, ya en los Estados Unidos, las naciones de la
tierra o las islas del mar. Muchos hombres han cumplido tres, cuatro o más misiones. Algunos
han permanecido hasta diez años a la vez en la obra de la misión —y han hecho todo esto
costeando sus propios gastos, con la ayuda que pueden recibir de su familia y amigos, pero sin
recibir dinero por sus servicios. Los misioneros no escogen la misión en la que han de servir,
sino que van dispuestamente adonde se los llame. Hoy en día la mayoría de misioneros sirven de
dieciocho meses a dos años. Los que van a lugares donde se hablan idiomas diferentes al del
misionero, la misión incluye una “misión de lenguas” que consiste en un período de
entrenamiento intensivo de idiomas. Muchos de los misioneros, tanto jóvenes hombres y mujeres
así como matrimonios de mayor edad, han abrigado desde niños la aspiración de algún día ser
misioneros. A menudo han servido en las fuerzas armadas de su país o asistido a la universidad
antes de gustosamente aceptar este llamamiento del Señor. Es el testimonio universal de estos
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misioneros, al retornar a sus seres queridos, que el tiempo que pasaron como misioneros,- dando
testimonio de la restauración del evangelio en estos últimos días, así como de la veracidad del
Libro de Mormón y del llamamiento divino del profeta José Smith, ha sido el más feliz de su
vida.
Cuando uno se convierte a la verdad por los esfuerzos de un misionero, el converso, a su vez,
desea ser misionero para retribuir, hasta cierto punto, el nuevo gozo que viene a él por haberse
convertido a la verdad. De manera que son pocos los hogares de los miembros de esta Iglesia que
no han contribuido a la gran causa misional, y muchos de estos hogares tienen la distinción de
que el padre, todos sus hijos y con frecuencia sus hijas, han sido misioneros de la Iglesia.
LA VOZ DE AMONESTACIÓN A TODO PUEBLO
El 1 de noviembre de 1831, el Señor dio una revelación especial al profeta José Smith, a la
que El mismo dio por título “Mi prefacio al libro de mis mandamientos” (D. y C. 1:6):
Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, y cuyos ojos
están sobre todos los hombres; sí, de cierto digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que
estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente.
Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá
ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado...
Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he
escogido en estos últimos días.
E irán y no habrá quien los detenga, porque yo, el Señor, los he mandado.
Y de cierto os digo, que a los que salgan para llevar estas nuevas a los habitantes de la
tierra, les será dado poder para sellar, tanto en la tierra como en el cielo, al incrédulo y al
rebelde;
sí, en verdad, sellarlos para el día en que la ira de Dios será derramada sin medida sobre
los malvados;
para el día en que el Señor venga a recompensar a cada hombre según sus obras, y medir a
cada cual con la medida con que midió a su prójimo.
Por tanto, ¿a voz del Señor habla hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los
que quieran oír:
Preparaos, preparaos para ¿o que ha de venir, porque el Señor está cerca;
y la ira del Señor esta encendida, y su espada se embriaga en el cielo y caerá sobre los
habitantes de la tierra.
Y será revelado el brazo del Señor; y vendrá el día en que aquellos que no oyeren la voz del
Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de tos profetas y apóstoles,
serán desarraigados de entre el pueblo para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por
los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes. (D. y C. 1:1-2, 4-
5, 8-14, 23.)
Se verá pues, que con la restauración del evangelio y el establecimiento de su Iglesia en esta
dispensación, el Señor declara que el Evangelio ha de ser llevado al mundo entero, incluso a las
islas del mar; que “la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape”; que sus
siervos, aun cuando salgan en su debilidad, tendrán el poder para “sellar tanto en la tierra como
en el cielo”; que han de ser enviados a proclamar: “Preparaos, preparaos para lo que ha de venir,
porque el Señor está cerca”. De modo que tenemos el privilegio de vivir en el día de la
preparación del reino para el advenimiento del Rey.
En febrero de 1829, antes de la organización de la Iglesia, el Señor, en una revelación dada al
profeta José Smith, le hizo saber de la obra maravillosa que estaba a punto de aparecer, y de la
preparación que sus siervos necesitarían adquirir a fin de calificarse para la obra:
He aquí, una obra maravillosa está para aparecer entre los hijos de los hombres.
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Por tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo
vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.
De modo que, si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra;
pues mirad el campo, blanco esta ya para la siega; y he aquí,
quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí, de modo que no perece, sino que trae
salvación a su alma;
y fe, esperanza, caridad y amor, con la única mira de glorificar a Dios, lo califican para la
obra.
Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la paciencia, la bondad
fraternal, piedad, caridad, humildad, diligencia.
Pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá. Amén. (D. y C. Sec. 4.)
En otra revelación dada en junio de 1829, el Señor dijo:
Así que, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo.
Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este
pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en
el reino de mi Padre!
Ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre,
¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas! (D. y C. 18:14-16.)
El 9 de febrero de 1831, el Señor dio una revelación sobre la obra misional a algunos de los
élderes de la Iglesia por medio del profeta José Smith:
Escuchad, oh él eres de mi iglesia, que os habéis congregado en mi nombre, a saber,
Jesucristo el Hijo del Dios viviente, el Salvador del mundo; por cuanto creéis en mi nombre y
guardáis mis mandamientos.
De nuevo os digo, estad atentos, y escuchad y obedeced la ley que os daré.
Porque de cierto os digo, que por cuanto os habéis juntado según el mandamiento que os di,
y estáis de acuerdo tocante a esta cosa, y habéis pedido al Padre en mi nombre, así también
recibiréis.
He aquí, de cierto os digo, que os doy este primer mandamiento de que salgáis en mi
nombre, cada uno de vosotros, con excepción de mis siervos José Smith, hijo, y Sidney Rigdon...
Y saldréis por el poder de mi Espíritu, de dos en dos, predicando mi evangelio en mi nombre,
alzando vuestras voces como si fuera con el son de trompeta, declarando mi palabra cual
ángeles de Dios.
Y saldréis y bautizaréis con agua, diciendo: Arrepentíos, arrepentíos, que el reino de los
cielos se ha acercado. (D. y C. 42:1-4, 6-7.)
Desde ese día hasta el tiempo actual, los élderes de la Iglesia han salido “de dos en dos”
como los mandó el Señor. También aclaré en esta misma revelación que ninguno saldrá a
predicar su evangelio a menos que sea ordenado:
Asimismo, os digo que a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio o edificar
mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que
tiene autoridad, y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la iglesia. (D. y C.
42:11.)
El Señor dio instrucciones de que todo aquel que ha sido amonestado amoneste a su prójimo:
He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y conviene que todo hombre que ha
sido amonestado, amoneste a su prójimo.
Por tanto, quedan sin excusa, y sus pecados descansan sobre su propia cabeza. (D. y C.
88:81-82.)
El Señor dio muchas otras instrucciones y enseñanzas (la mayoría de ellas se encuentran en
Doctrina y Convenios) a los élderes de su Iglesia con respecto a la gran responsabilidad que yace
sobre los hombros de los que llevan el mensaje del evangelio a todos los habitantes de la tierra.
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El profeta Nefi, que vivió en el continente americano unos 600 años antes de Cristo, tuvo el
privilegio de ver nuestro día y la comunicación de la historia de su pueblo (el Libro de Mormón)
a los gentiles en los postreros tiempos:
Y bienaventurados aquellos que procuren establecer a mi Sión en aquel día, porque tendrán
el don y el poder del Espíritu Santo; y si perseveran hasta el fin, serán exaltados en el último día
y se salvarán en el reino eterno del Cordero; y los que publiquen la paz, sí, nuevas de gran gozo,
¡cuán bellos serán sobre las montañas! (1 Nefi 13:37.)
Ninguna otra iglesia, sino la que Jesús estableció en el Meridiano de los Tiempos, ha
emprendido jamás una obra misional de tanta responsabilidad, llevando el evangelio de
Jesucristo a “toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo”, como lo ha hecho La Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Ultimos Días.
Los misioneros de esta Iglesia van de puerta en puerta, de ciudad en ciudad y de nación en
nación, cumpliendo con las instrucciones que han recibido del Señor mediante el
restablecimiento del evangelio. Lo han estado haciendo desde la organización de la Iglesia.
Continuarán en ello hasta que Jesucristo, que es el cabeza de la Iglesia, venga en las nubes del
cielo para reclamar su reino.
SE PREDICA EL REINO DE DIOS
Jesús dio a sus discípulos las señales de su segunda venida y del fin del mundo:
“Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las
naciones; y entonces vendrá el fin.” (Mateo 24:14.)
Entendía claramente la necesidad de predicar el evangelio a todas las naciones, y también
sabía que sólo a base de grandes sacrificios se lograría, pues así lo indican sus propias palabras:
Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada
día, y sígame.
Porque todo el que quiera salvar su vida, ¿a perderá; y todo el que pierda su vida por causa
de mí, éste la salvará. (Lucas 9:28-24.)
Leemos más adelante en el mismo capítulo:
Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas.
Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del
Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. (Lucas 9:57-58.)
En otras palabras, parece que Jesús deseaba aclarar a este hombre y a todos los que quisieran
seguirlo en el ministerio en el futuro (y concluimos que por tal razón esta palabra llegó a ser
escritura), que no tenía nada que ofrecerles en lo que concernía a compensación monetaria, ni
siquiera un lugar donde reclinar la cabeza.
Y dijo a otro: Sígueme. El le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre.
Jesús te dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú vé, y anuncia el reino de
Dios.
Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los
que est4n en mi casa.
Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira atrás, es apto para el reino
de Dios. (Lucas 9:59-62.)
Es decir, Jesús quería que entendiesen que nada debía estorbar la predicación del reino de
Dios, ni el ir a sepultar uno a sus muertos, ni las despedidas.
Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en
dos delante de él a toda ciudad y lagar adonde él había de ir.
Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor
de la. mies que envíe obreros a su mies. (Lucas 10:1-2.)
Por lo anterior nos enteramos cuán grande es la cosecha y cuán pocos los obreros. No
obstante, los hombres deben ser “designados” y “enviados”: no pueden designarse y enviarse a sí
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mismos. El los envió de “dos en dos”. Esta es la manera en que los misioneros de La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días han obrado desde la organización de la misma.
Entonces Jesús impartió instrucciones a los setenta concernientes a su obra como misioneros:
cómo habían de viajar, lo que debían llevar consigo, lo que habían de decir, indicándoles lo que
debían de hacer al entrar en una casa sobre la cual “su paz” reposara:
Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es
digno de su salario. No os paséis de casa en casa.
En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante;
y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de
Dios. (Lucas 10:7-9.)
De estas palabras del Maestro se han valido los ministros de las iglesias para justificarse a sí
mismos por predicar por dinero, “porque el obrero es digno de su salario”. Pero debe observarse
que Jesús explica claramente que este salario consiste en aceptar alimento y hospedaje de
aquellos a quienes se predica el evangelio del reino, mientras se va de casa en casa como
misionero.
Jesús continué:
El que a vosotros Oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que
me desecha a mí, desecha al que me envió.
Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu
nombre. (Lucas 10:16-17.)
Se observará que “volvieron los setenta con gozo”, y lo mismo se puede decir de los cientos
de miles de misioneros de esta dispensación que han sido “designados” y “enviados” con el
mensaje del evangelio restaurado a las naciones de la tierra.
Consideremos ahora por un momento la organización de las iglesias de nuestros días. ¿Qué
disposiciones han tomado para que sea “predicado este evangelio del reino en todo el mundo,
para testimonio a todas las naciones”? (Mateo 24:14.) Si alguna secta tiene la verdad, no sólo es
necesario que enseñe esa verdad a las naciones paganas, como algunas intentan hacer de un
modo sumamente débil, sino que debe enseñar esa verdad a los miembros de otras sectas
también, porque todos debemos llegar “a la unidad de la fe.
para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina,
por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.”
(Efesios 4: 13-14.)
Todo hombre verídico debe admitir que el cristianismo así llamado de la actualidad no ha
llegado “a la unidad de la fe”. ¿Ha fracasado Cristo? ¿Ha cambiado sus doctrinas? ¡No! Antes
han sido los hombres quienes las han cambiado.
Aún llegará el día que el Señor recomendó a sus discípulos que pidieran en oración: “Venga
tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (véase Mateo 6:10). Pero
tal día no podría venir sin que el Señor enviara a sus siervos por todo el mundo a predicar el
evangelio eterno “a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo”.
(Apocalipsis 14:6.)
Consideremos cuál sería la influencia ejercida en el mundo por las iglesias que profesan ser
cristianas si todos sus ministros fuesen debidamente llamados de Dios y estuviesen enseñando
las mismas doctrinas y trabajando en unión para establecer su reino.
En sus instrucciones a los miembros de la Iglesia en Corinto, el apóstol Pablo dijo:
Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una
misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en
una misma mente y en un mismo parecer. (1 Corintios 1:10.)
Es evidente que los ministros cristianos, así llamados, de esta época se han apartado muy
lejos de las enseñanzas de Pablo en este respecto. No es extraño pues, que se confundan las
naciones paganas cuando se les ofrece el cristianismo.
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En vista de que la administración del sacerdocio parece pertenecer a José, hijo de Jacob, y su
descendencia, no fue sino propio que el evangelio, incluso el sacerdocio, fuese restaurado en
estos postreros días a uno de los descendientes de José. Hagamos referencia a la profecía de
Moisés sobre José:
Como el primogénito de su toro es su gloria, Y sus astas como astas de búfalo;
Con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra;
Ellos son los diez millares de Efraín,
Y ellos son los millares de Manasés. (Deuteronomio 33:17.)
La promesa de Moisés se ha estado cumpliendo por más de ciento cincuenta años. La
posteridad de José, bajo una nueva dispensación del sacerdocio de Dios, ha estado recogiendo o
trayendo a “los pueblos juntos hasta los fines de la tierra; ellos son los diez millares de Efraín, y
ellos son los millares de Manasés”. Se notará, por tanto, que para esto se precisa un extenso
programa misional. Nos preguntamos si al tiempo en que Moisés hizo esta profecía había algún
lugar en todo el mundo que pareciera estar más cerca de “los fines de la tierra” que los montes de
Efraín: los valles de las Montañas Rocosas.
En nuestro estudio del recogimiento de Israel se hizo referencia a la profecía de Jeremías, en
la que éste indicó que el recogimiento de Israel en los postreros tiempos sobrepujaría en gran
manera la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, y que esto se efectuaría únicamente
por medio de un extenso programa misional:
He aquí que yo envío muchos pescadores, dice Jehová, y los pescarán, y después enviaré
muchos cazadores, y los cazarán por todo monte y por todo collado, y por las cavernas de los
peñascos. (Jeremías 16:16.)
Cuando el Señor llama a sus siervos y los hace sus “pescadores” y “cazadores”,
verdaderamente hace algo por ellos que ningún ser mortal puede llevar a cabo por su propio
poder. Son llamados para ir “con el espíritu y virtud de Elías”, como Juan el Bautista en la
antigüedad, porque son enviados a preparar el camino para la venida del Señor.
TODA NACIÓN OIRÁ LA PALABRA DEL SEÑOR
Después de la crucifixión y resurrección de Jesús, y poco antes de su ascensión, la última
comisión que dio a sus discípulos fue:
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre,
y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. (Mateo 28:19-20.)
Jesús nunca ha abrogado esta instrucción ni su promesa. De modo que cuando la Iglesia de
Jesucristo está sobre la tierra, con la autoridad para oficiar en su nombre, esta promesa
acompañará a los que son enviados a doctrinar a todas las gentes. Nadie está mejor capacitado
para testificar de la verdad de este hecho que los misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Ultimos Días. Podría escribirse muchos libros sobre la asombrosa manera en que
los misioneros han sido sostenidos durante su ministerio. En su obra de reunir a los esparcidos de
Israel, les ha sido preparado el camino para que puedan ser dirigidos a los investigadores
sinceros de la verdad, porque efectivamente han sido enviados a “pescarlos” y “cazarlos” de todo
monte, y “por todo collado, y por las cavernas de los peñascos”. (Jeremías 16:16.)
Para ilustrar la manera en que el Salvador ha cumplido su promesa, “he aquí, yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, citarnos de una visión que el profeta José Smith
recibió en el Templo de Kirtland el jueves 21 de enero de 1836:
Vi a los Doce Apóstoles del Cordero, que en la actualidad se hallan sobre la tierra y tienen
las llaves de e8te último ministerio. Estaban en países extranjeros y los vi juntos en un círculo,
muy fatigados, sus vestidos hechos pedazos, sus pies hinchados y la mirada fija en el suelo; y
Jesús estaba en medio de ellos, mas no lo vieron. El Salvador los miró y lloró.
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También vi al hermano McLellin en el sur, de pie sobre un monte, rodeado de una multitud
grande a la que estaba predicando. Uno que estaba cojo se hallaba delante de él, sosteniéndose
sobre sus muletas. Las arrojó de sí a su palabra, y saltó como corzo por el gran poder de Dios.
También vi al hermano Brigham Young en un sitio desconocido, muy lejos al sur y al oeste, en
un lugar desértico, sobre una roca en medio de unos doce hombres de color cobrizo y de aspecto
hostil. Les estaba predicando en su propio idioma, y el ángel de Dios se hallaba arriba de su
cabeza con una espada desenvainada en la mano para protegerlo, mas él no lo vio. (Enseñanzas
del Profeta José Smith, pág. 125.)
Al amparo de esta eficaz promesa, la gran obra misional de esta Iglesia se va realizando en la
tierra con un ímpetu cada vez mayor. El número de misioneros va en aumento, y continuará
aumentando hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser el reino de nuestro Dios, y Cristo
venga para tomar posesión de su reino como lo han declarado los profetas.
El programa misional de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es uno de
los movimientos y empresas espirituales más grandes que este mundo jamás ha conocido. El
profeta José Smith no recibió esta grande comisión por leer las Escrituras, sino por las
revelaciones del Señor en ésta, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.
Por consiguiente, a los que son enviados en su nombre en esta dispensación se extiende la
misma promesa que Jesús declaró a los setenta en la antigüedad:
El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que
me desecha a mí, desecha al que me envió. (Lucas 10:16.)

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Anónimo dijo...

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Sacerdote de la Iglesia de Jesucristo de lo Santos de los Últimos días.